Las tutorías, para quien no esté muy puesto en el tema, son los momentos que tienen los profesores destinados para recibir a alumnos con dudas sobre el temario y, de esta manera, a través de un trato directo poder aclararlas.
Cada profesor tiene cuatro horas semanales destinadas a este asunto pero, ¿cuántos alumnos realmente las aprovechamos? Pues pocos. En una estadística no llegaría al 1%, me atrevería a decir, en época fuera de exámenes claro está. Como alumno/a que reflexiona acerca del tema, da un poco de pudor la verdad. El problema está en algo muy evidente a los ojos de alumnos, padres, profesores y ciudadanía en general: muy poco alumnos estudian a lo largo de toda la asignatura, algo necesario para tener dudas. Muy pocos. Pero muy pocos, de verdad. Yo, sinceramente, no lo hago (luego pasa lo que pasa en algunas ocasiones).
Hasta aquí todo podría ser normal, allá cada uno con su técnica o mejor dicho, “cada maestrillo tiene su librillo”. La paradoja es que días antes al examen de la asignatura a veces hay que coger número, como en la pescadería, para entrar al despacho del profesor. Yo sinceramente, tampoco lo hago. Más que nada por vergüenza. Creo que no hay necesidad de decirle al profesor/a que acabas de empezar a estudiar. Aun así hay alumnos que deciden esa opción y por experiencias esta vez ajenas diré: “La gente tiene un morro que se lo pisa”.
Sí, la gente tiene morro o le echa morro al asunto. Por las cabezas de algunos pasan cosas como: “Voy y así le suena mi cara…”, “Voy a demostrar que ya me lo sé todo…”, “Voy a forjar una amistad” (no se dice literalmente así, pero es la idea), “Voy a ver si suelta algo…”, “Voy a ver si me lo explica…”, “Voy a ver si le caigo bien…”
Infinidad de cosas de ese estilo. Yo como alumno/a he reconocido que no estudio al día y también he reconocido que no voy a tutorías, a no ser que se trate de un tema concreto y necesario, pero creo que para las conclusiones sí considero importante incluirme como miembro del “rebaño”.
Los alumnos/as somos de la ley del mínimo esfuerzo y, aunque sabemos perfectamente que no deberíamos ser así, no podemos evitarlo. No nos gusta estudiar, por normal general, no nos gusta ir a clase, no nos gusta hacer trabajos y aunque en estos momentos se nos vienen las palabras de nuestra madre a la cabeza (“a mí tampoco me gusta trabajar y lo hago porque es mi obligación”) lo hacemos en muchas ocasiones porque sabemos que es necesario y vital para que nos vaya mejor, pero por nuestra vena juvenil aún corre demasiada sangre.
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